martes, 12 de abril de 2016

EL VIEJO MAESTRO DE AJEDREZ, NUESTRO ATTICUS FINCH

Hay un personaje de la literatura y el cine que ha servido de ejemplo a mucha gente, principalmente en Estados Unidos. Se trata de Atticus Finch, el abogado sureño de la novela de Harper Lee "Matar a un ruiseñor", encarnado inmejorablemente en la pantalla por Gregory Peck en el film de Robert Mulligan.

Si alguien no conoce ni el libro o la cinta le exhorto a hacerlo lo antes posible. Es imprescindible. El personaje de Atticus es un compendio de todas las virtudes que ha de tener una persona. Recto pero comprensivo, amable, educado y sobre todas las cosas íntegro y justo. La historia está narrada por su hija Scout, y la visión infantil hace más ejemplarizante la figura de Atticus.





Yo conocí la obra de Harper Lee de mayor. Y tuve la sensación de que Atticus Finch era una figura familiar para mí. Todos esos valores que personificaba los había tenido en casa. Y al ver la película no podía menos que recordar a mi abuelo.

El señor Tortosa, como todo el mundo le conocía en lo que entonces era el poblado ENASA, daba clases de ajedrez a los niños en el colegio del barrio. Siempre con sombrero para cuidar su calva (alopecia heredada con orgullo por mi parte), era serio y sereno hasta que le molestabas de verdad y amenazaba con darte un capón, o hasta que su Atleti pasaba el balón hacia atrás, entonces le gritaba a la TV enfadado, pero nunca llegaba a perder los nervios, cosa que yo nunca podré conseguir.


Siempre se consideró comunista, militaba en el partido, uno de tantos que se había creído la utopía. Jamás preguntó a nadie sobre sus ideas a la hora de ayudarles en cualquier causa que él considerara justa. Cada vez que iba con él por el barrio le paraban a cada poco para hablar con él, saludarle o darle las gracias por cualquier cosa que hubiera hecho en la asociación de vecinos. Entonces yo me sentía lleno de admiración y orgullo por mi abuelo, como Scout lo estaba de su padre en la novela.

Al casarse por tercera vez dejó de vivir en el barrio y aunque seguía yendo al club a jugar su partiditas de ajedrez periódicamente, ya se iba haciendo viejo. A los pocos años llegó el momento en que no quiso volver. Siempre había sido un presumido y no podía soportar que la gente viera que no era el hombre dinámico y solícito de antes.

Una mañana de invierno recibí la noticia de su muerte, lloré como un niño, el que siempre seré ante él. Como Scout. Se había ido serenamente de noche, tras haber estado reproduciendo unas partidas de la revista Jaque, haciendo lo que más le gustaba en la vida. Con su amado ajedrez.

En sus últimos días habíamos querido convencerle muchas veces de que volviese, que diera con nosotros el último de esos paseos por el barrio. No pudo ser, no pudo recibir una última vez el cariño de la gente del poblao. Ese cariño que pudimos recoger por él tras su muerte en un homenaje póstumo. Ese día lo recuerdo muy especialmente. Al terminar de leer un texto en su honor y ahogado por la emoción me di cuenta de todo lo que había dado a tanta gente cuando la sala llena de gente aplaudió durante un largo rato su memoria, hasta hubo quien pidió poner su nombre a alguna calle. Poca gente hizo tanto por Ciudad Pegaso.


Le echamos mucho de menos.

Perdonad que hoy no haya habido mucho deporte, pero no podía dejar de hacer esta entrada.

Un saludo.

5 comentarios:

  1. Sin palabras, sin comentarios. Allá donde esté llevará su ajedrez portátil, ese de cartón, en el bolsillo de la chaqueta, para sacarlo y resolver algún problema de esos insolucionables.

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  2. Sin palabras, sin comentarios. Allá donde esté llevará su ajedrez portátil, ese de cartón, en el bolsillo de la chaqueta, para sacarlo y resolver algún problema de esos insolucionables.

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  3. Le recuerdo como si fuera hoy, mi hermana y yo comentamos mucho lo que nos enseñó, algo que nos enorgullece, DEP.

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    1. Si escribí esto es porque sé que mi abuelo fue importante para mucha gente. Gracias por leerlo.

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